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Pare de sufrir: los invisibles

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Los machos alfa son una delicia, al menos eso pensaba hasta hace un tiempo, será un año atrás cuando una amiga me dijo -me están gustando los invisibles- ella, una diosa, había podido deleitarse con un hombre de esos que mandan la parada, un chico super exitoso y guapo, un líder, bocadito de cardenal para cualquier activista de derechos humanos y sin embargo, se encontró con los ojos de un chico feminista que no le interesaba para nada figurar en el red set bogotano e internacional, sólo la miró con amor y ella que se da el lujo de escoger, ese día solo dijo ¡me quedo con el invisible! y hasta hoy así ha sido.  Los invisibles. Siempre están detrás de la acción, pero sin ellos nada es posible. En las comunidades en Colombia, se nos volvió costumbre que el chico más codiciado es el comandante o de la pandilla o del bloque paramilitar o de la guerrilla. Pero en la escala más cotidiana a las mujeres nos enseñaron a amar el poder de ciertos hombres, por algo diría Rubencito Bl...

Pare de sufrir: las señoritas cheerleader

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No se cómo fue que nos responsabilizaron de ser el soporte afectivo de los manes y demás miembros de la sociedad, ocurrió  en determinado momento, cuando nos dijeron "y serás la cheerleader for ever and ever, mamasita" y ya. Después de eso, el dispositivo insertado en el cerebro de nosotras, se activa cada vez que uno ve esa carita con puchero, esa mano en la frente, esos ojos de ternero, esa fragilidad masculina que grita ¡poderes de la cheerleader actívense! y por supuesto corremos con las manos de algodón a atender al pobre pollito mojado.  Sí, por esa razón a la cultura con sus perlas inequitativas le dio por decir "detrás de un gran hombre, existe una gran mujer". Pero como dijo la pera... siempre hay un pero. Las cheerleader son de muchos tipos, pero sostienen la economía de las naciones, las oscuridades,  los momentos densos de los genios y los estados de ansiedad de los políticos. La cosa es mucho más cotidiana, una cheerleader está en el mundo par...

Pare de sufrir: no somos helechos asexuados

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En mis tiempos existía una horrorosa clase llamada comportamiento y salud, en adelante la electiva del terror. 40 niñas con listoncitos en el pelo, veíamos con algo de náusea un set de imágenes de las enfermedades venéreas, hoy llamadas infecciones de transmisión sexual. Antes de semejante trauma, las láminas sobre el sistema reproductivo de hombres y mujeres aparecía como una abstracción donde uno no terminaba de entender si esas curvaturas hacían parte de uno o cómo era que operaban. La cereza en el top era un video llamado "un grito en el silencio" más o menos una propaganda contra el aborto donde uno quedaba o asqueado, o moralmente incapaz de articular palabra.  Había un secreto en medio de todo, se sabía que a un algo se le denominaba "el sexo". Por ejemplo yo me enteré que existía primero porque no me dejaban ver las Hinojosa, una popular serie de televisión de entonces y cuando en mi casa se leía Cien Años de Soledad, recuerdo alguna que otra censura...

Pare de sufrir: No me pinte pajaritos en el aire

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Esta historia comienza de muy pequeñas, con el galan de televisa. Un primer plano al galán Televisa ¡por favor! el chico es así un sol maravilloso, príncipe sin mácula, aunque para todas el príncipe es una cosa distinta, habrá las que prefirieron al engomado Eduardo Capetillo en Alcanzar una Estrella y Marimar o las más exigentes que no se conformaron con el latin boy y prefieren el producto importado del extranjero, si les habla en francés mejor, su acentico es es una bomba colonialista para las de la perifería. Y yo, por ejemplo le escribi al niño dios, que me regalara un galán modo coeficiente intelectual superdotado, luchador de la orilla izquierda, una especie de Johnny Depp en comando especial pero activista de la resistencia. Una se permite, como decirlo -soñar- en esa época maravillosa de la adolescencia. Luego se enfrenta con la cruda realidad, la calentada de oido.  Ellos, profesionales en el arte de calentar la oreja hacen todo un análisis de una, de tal forma ...

Pam: Las matemáticas y los rich boys

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Pam se detuvo largo rato mirando los ojos de ese chico, mordía compulsivamente un chicle, ay nadie hubiera querido ser ese chicle en ese momento porque ella se quedó así detenida, sosteniendo el chicle, atrapándolo entre los molares,  como si los ojos del chico se le estuvieran tragando el cerebro. Él por el contrario había puesto su mentón en la curvita de su guitarra y esperaba a que Pam comenzara a cantar. Pero ella únicamente estaba perdida en la perfección del chico, que incluso a ella le parecía que era más suave que las niñas que olían a baby soft y que frecuentaban las peluquerías. -A usted lo criaron con leche klim ¿no? - lo interrumpió Pam, pero entonces él le sonrío y movió la cabeza como quien dice -no, no, no, no- y ella extendió la mano y le acarició el pelo, que ahora le parecía de puro comercial. Él le pidió que improvisará algo en un blues de esos que lastiman, pero Pam se dio cuenta que ambos temblaban cada vez que le pasaba la mano. Un blues y un rock a...

Pare de Sufrir: las señoritas muchas gracias

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Mi madre. Una mujer aguerrida y con una característica increíble, la capacidad de terminar el bachillerato mientras criaba tres hijos, cuatro sobrinos, atendía a un esposo y participaba de las actividades comunitarias del barrio, creo que hasta tiempo le quedaba para escribir poemas. A mi me tocó más fácil, porque cuando nací, mis hermanos estaban en la universidad y a mi mamá le quedaba más tiempo para su vida pública. Crecí entonces acompañando a una mamá que siempre vivía con prisa y cuyo descanso significaba sentarse a diseñar vestidos y a escribir libretos de teatro infantil con conciencia ambiental, obras en las que a esta servidora le tocaba hacer de hada y a sus hermanos de demás animales y seres que habitaban la cabeza de mi señora mamá.  En esas épocas de oro, yo escuchaba que desde el cura del barrio hasta los políticos que llegaban en temporadas de las elecciones siempre le daban las gracias. ¡Tan agradecidos!  luego me di cuenta con el tiempo que las mujeres...

Pam: Los espejos

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Francis odia los espejos, esto no parece ninguna novedad para un adolescente de clase media, al contrario pareciera ser una norma, pero fue su odio al reflejo el que enseñó a Pam qué significaba la palabra complejo y la palabra bello.  El día en que Pam y Francis se encontraron él estaba sentado en un rincón rodeado de hombres y ella venía en la bicicleta pedaleando sin tocar la silla, en una armonía de freestyle muy sexy chic, tenía el vestido denominado por las chicas de entonces "cryin'" a lo Alicia Silverstone en el video de Aerosmith,  unos converse azules pero sólo eran imitación porque la economía familiar moría en la universidad de Camilo. Desde esos tiempos Pam había descubierto una fascinación por el género masculino,  no se trataba sólo de deseo, sino que la atraían los misterios irresueltos de las miradas de los chicos... le gustaba cazar olores y a todos los saludaba tan cerca para poder clavar su nariz hasta la nuca y aspirarlos como se aspiran los esp...

Pam: los primeros besos

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Que grosero, cantaban las ultrasónicas en la radio pirata de Manuel, un canal comunitario que se extendía por toda Ciudad Kennedy,  Jessy cantaba con cadencia -que grosero, que bruto y que grosero, eso tengo por llevarme con patanes como tu, vales madre, vales verga, en algunas condiciones, yo me enredo con cualquiera- en menos de una hora, el himno de las rockers mexicanas inundaba cinco cuadras de Mandalay y claro, la casita de la enredadera, comando central del grunge de los 90, oficina institucional del comercio de casettes y de discos traídos como pan caliente desde el Omni 19, un conjunto de locales que gracias a Saúl escucharon a los talking Heads en ese trópico, esa república banana, les estoy hablando de la casa de Lucrecia Caballero, alias, Pam.  Con la mente suspendida en el aire, en algún lugar perdido de la memoria, Pam pensó que había tenido una epifanía musical… se había hecho la luz y decidió agarrar ese teléfono rojo de la ITT para llamar a Gabriela. ...

Amanda: Los diablos

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Amanda molió el maíz, escuchó las gotas que golpeaban como piedras el techo, la casa olía a leña, era un olor dulce que crecía con el humo, humo que acariciaba la carne, carne salada, suspendida en los ganchos de la cocina, justo arriba del fogón lejos del gato y del runcho, lista para ser cortada y servida en el puntal. Unas gotas de sudor se asomaron en la frente de Amanda, permanecían como los diluvios del cielo, como el rocío en las hojas de los árboles, dándole vida a su amplía frente y ella entre el calor del bosque húmedo y de la cocina, seguía moliendo el maíz para las arepas. Su mente se fue a los ojos verdes del muchacho, se detuvo en los bucles perfectos de sus rizos y en su acento montañero, recordó que en las veredas cuando él nació, dijeron que era el mismo niño dios, todo rubio, con una boquita perfecta y unas manos grandes, alguien también advirtió que el muchachito sanaba y lo querían llevar a las verbenas porque pensaban que el mono daba buena suerte. Amanda...

Pam: Manual para olvidar pendejos

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Pam iba en la cicla por toda la calle, iba haciendo bombas con el antes bom bom bum de fresa. Iba con los cascos puestos habiendo jurado por su humanidad dejar el metal por capitalista y cursi y estaba incursionando en el punk, se imaginaba cómo era eso, ¿diría el punksito acaso? en esas estaba cuando vio a Ada en la esquina encendiendo un cigarro y moqueando, toda Ada no futuro.  -Oe la Ada, le dijo acercándose casi hasta besarle la boca -no empiece con porquerías Pámela- le dijo Adita y la quitó de un empujón -no pues tan jardcor-  le dijo pam haciendo bombitas. Pero Ada parecía una hoja de papel de lo blanca que estaba, Pam  se bajó de la bici y esperó a que Ada soltara el cuento.  - Nada, que es inevitable toparse con cada zopenco- Le dijo mirando al infinito de la calle 33, que en realidad sólo llegaba hasta el Ley de Kennedy. Pámela experta en corazones destrozados le araño despacio y con suavidad la mejilla con su uña de esmalte mal pintado. -parceri...

Pare de sufrir: Ese toxic toxic boy

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Comienza cuando eres niña e incursionas en los dulces con colorantes, son rojos, verdes, radioactivos. Te los pasas por la lengua, los chupas, sabes que tienes que dejar de acercarte al asiento de Margarita o Andreita o de la mona, la que vende los dulces a la salida del colegio. Pero así como que en clase de biología te imaginas repasando una y otra vez el maldito dulce, así mismo te sacas los 200 pesos para pagar a la salida y luego quedar con ese hastío de colorante, ese revuelto de estómago, esa inquietud de querer más hasta que se te devuelva todo y quedes ahora sí verde como el dulce sabor limón - sandía.  Luego a algunas les llega a otras no, esa primera borrachera, la mía fue un cinco de enero de 1995, estaba tan llena de Johnny Walker que vi a dios y canté abarajame la bañera, un clásico de todos los tiempos con el pantalón desabotonado, con mocos y hablado en letra cursiva, mi pobre novio tuvo que regresarme a los brazos del padre y el padre guardó un silencio sepul...