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Pam: Las matemáticas y los rich boys

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Pam se detuvo largo rato mirando los ojos de ese chico, mordía compulsivamente un chicle, ay nadie hubiera querido ser ese chicle en ese momento porque ella se quedó así detenida, sosteniendo el chicle, atrapándolo entre los molares,  como si los ojos del chico se le estuvieran tragando el cerebro. Él por el contrario había puesto su mentón en la curvita de su guitarra y esperaba a que Pam comenzara a cantar. Pero ella únicamente estaba perdida en la perfección del chico, que incluso a ella le parecía que era más suave que las niñas que olían a baby soft y que frecuentaban las peluquerías. -A usted lo criaron con leche klim ¿no? - lo interrumpió Pam, pero entonces él le sonrío y movió la cabeza como quien dice -no, no, no, no- y ella extendió la mano y le acarició el pelo, que ahora le parecía de puro comercial. Él le pidió que improvisará algo en un blues de esos que lastiman, pero Pam se dio cuenta que ambos temblaban cada vez que le pasaba la mano. Un blues y un rock a...

Pare de Sufrir: las señoritas muchas gracias

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Mi madre. Una mujer aguerrida y con una característica increíble, la capacidad de terminar el bachillerato mientras criaba tres hijos, cuatro sobrinos, atendía a un esposo y participaba de las actividades comunitarias del barrio, creo que hasta tiempo le quedaba para escribir poemas. A mi me tocó más fácil, porque cuando nací, mis hermanos estaban en la universidad y a mi mamá le quedaba más tiempo para su vida pública. Crecí entonces acompañando a una mamá que siempre vivía con prisa y cuyo descanso significaba sentarse a diseñar vestidos y a escribir libretos de teatro infantil con conciencia ambiental, obras en las que a esta servidora le tocaba hacer de hada y a sus hermanos de demás animales y seres que habitaban la cabeza de mi señora mamá.  En esas épocas de oro, yo escuchaba que desde el cura del barrio hasta los políticos que llegaban en temporadas de las elecciones siempre le daban las gracias. ¡Tan agradecidos!  luego me di cuenta con el tiempo que las mujeres...

Pam: Los espejos

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Francis odia los espejos, esto no parece ninguna novedad para un adolescente de clase media, al contrario pareciera ser una norma, pero fue su odio al reflejo el que enseñó a Pam qué significaba la palabra complejo y la palabra bello.  El día en que Pam y Francis se encontraron él estaba sentado en un rincón rodeado de hombres y ella venía en la bicicleta pedaleando sin tocar la silla, en una armonía de freestyle muy sexy chic, tenía el vestido denominado por las chicas de entonces "cryin'" a lo Alicia Silverstone en el video de Aerosmith,  unos converse azules pero sólo eran imitación porque la economía familiar moría en la universidad de Camilo. Desde esos tiempos Pam había descubierto una fascinación por el género masculino,  no se trataba sólo de deseo, sino que la atraían los misterios irresueltos de las miradas de los chicos... le gustaba cazar olores y a todos los saludaba tan cerca para poder clavar su nariz hasta la nuca y aspirarlos como se aspiran los esp...

Pam: los primeros besos

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Que grosero, cantaban las ultrasónicas en la radio pirata de Manuel, un canal comunitario que se extendía por toda Ciudad Kennedy,  Jessy cantaba con cadencia -que grosero, que bruto y que grosero, eso tengo por llevarme con patanes como tu, vales madre, vales verga, en algunas condiciones, yo me enredo con cualquiera- en menos de una hora, el himno de las rockers mexicanas inundaba cinco cuadras de Mandalay y claro, la casita de la enredadera, comando central del grunge de los 90, oficina institucional del comercio de casettes y de discos traídos como pan caliente desde el Omni 19, un conjunto de locales que gracias a Saúl escucharon a los talking Heads en ese trópico, esa república banana, les estoy hablando de la casa de Lucrecia Caballero, alias, Pam.  Con la mente suspendida en el aire, en algún lugar perdido de la memoria, Pam pensó que había tenido una epifanía musical… se había hecho la luz y decidió agarrar ese teléfono rojo de la ITT para llamar a Gabriela. ...

Amanda: Los diablos

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Amanda molió el maíz, escuchó las gotas que golpeaban como piedras el techo, la casa olía a leña, era un olor dulce que crecía con el humo, humo que acariciaba la carne, carne salada, suspendida en los ganchos de la cocina, justo arriba del fogón lejos del gato y del runcho, lista para ser cortada y servida en el puntal. Unas gotas de sudor se asomaron en la frente de Amanda, permanecían como los diluvios del cielo, como el rocío en las hojas de los árboles, dándole vida a su amplía frente y ella entre el calor del bosque húmedo y de la cocina, seguía moliendo el maíz para las arepas. Su mente se fue a los ojos verdes del muchacho, se detuvo en los bucles perfectos de sus rizos y en su acento montañero, recordó que en las veredas cuando él nació, dijeron que era el mismo niño dios, todo rubio, con una boquita perfecta y unas manos grandes, alguien también advirtió que el muchachito sanaba y lo querían llevar a las verbenas porque pensaban que el mono daba buena suerte. Amanda...

Pam: Manual para olvidar pendejos

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Pam iba en la cicla por toda la calle, iba haciendo bombas con el antes bom bom bum de fresa. Iba con los cascos puestos habiendo jurado por su humanidad dejar el metal por capitalista y cursi y estaba incursionando en el punk, se imaginaba cómo era eso, ¿diría el punksito acaso? en esas estaba cuando vio a Ada en la esquina encendiendo un cigarro y moqueando, toda Ada no futuro.  -Oe la Ada, le dijo acercándose casi hasta besarle la boca -no empiece con porquerías Pámela- le dijo Adita y la quitó de un empujón -no pues tan jardcor-  le dijo pam haciendo bombitas. Pero Ada parecía una hoja de papel de lo blanca que estaba, Pam  se bajó de la bici y esperó a que Ada soltara el cuento.  - Nada, que es inevitable toparse con cada zopenco- Le dijo mirando al infinito de la calle 33, que en realidad sólo llegaba hasta el Ley de Kennedy. Pámela experta en corazones destrozados le araño despacio y con suavidad la mejilla con su uña de esmalte mal pintado. -parceri...

Pare de sufrir: Ese toxic toxic boy

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Comienza cuando eres niña e incursionas en los dulces con colorantes, son rojos, verdes, radioactivos. Te los pasas por la lengua, los chupas, sabes que tienes que dejar de acercarte al asiento de Margarita o Andreita o de la mona, la que vende los dulces a la salida del colegio. Pero así como que en clase de biología te imaginas repasando una y otra vez el maldito dulce, así mismo te sacas los 200 pesos para pagar a la salida y luego quedar con ese hastío de colorante, ese revuelto de estómago, esa inquietud de querer más hasta que se te devuelva todo y quedes ahora sí verde como el dulce sabor limón - sandía.  Luego a algunas les llega a otras no, esa primera borrachera, la mía fue un cinco de enero de 1995, estaba tan llena de Johnny Walker que vi a dios y canté abarajame la bañera, un clásico de todos los tiempos con el pantalón desabotonado, con mocos y hablado en letra cursiva, mi pobre novio tuvo que regresarme a los brazos del padre y el padre guardó un silencio sepul...

Pam: las alergias

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Es de noche y hace frío, los jovicales talla 37 se enredan entre uno de los cien mil baches de Bogótica. Pam cae lentamente, cae walkman con los Rolling Stones, cae maleta azul, cae el portafolio lleno de fotos del gato que se encontró en una ventana, cae Pam contra el asfalto mojado de una tormenta de diez horas, perro mojado, blusa del colegio llena de barro, carita con moretón de impacto y un arañazo con alguna esquina, algún gancho, alguna cosa desconocida. -Me caí- dijo Pam mientras temblaba, un me caí que nadie oía porque era demasiado bajito que lo decía clavada su nariz en la calle del barrio. A lo lejos escuchó a Julián y sus patines -Pam qué haces en el piso- le dijo riéndose y moviéndose en círculos -me caí otra vez- dijo Pam con una lágrima tímida que había desviado desde la nariz y goteaba al arco de la boca. Julián la levantó y le limpió la cara -¿por qué es tan tacaña para llorar?- le dijo mientras iba recogiendo todo el conjunto pamesco caído en desgracia. -Soy una ...

Pare de Sufrir: esos arrocitos en bajo.

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Mi vecino, era la cosa más dulce que pudiera respirar en treintamil kilómetros a la redonda. Tenía ese flow descuidado de los punkeros, unos hermosos tatuajes en todo el cuerpo, era un artista de esos que montan documentales para la televisión europea, un bocado de cardenal, un pecado, un dulce de coco, mi pura perdición. Mis amigas celebraron que fuera mi vecino y comenzaron a necesitar toda la discografía de Sid vicious y de Misfits, me decían que sus ojos miel eran la ventana al paraíso, todas temblábamos con su cresta y su bicicleta y yo me hacía la loca, la demente,  aunque sintiera un viento frío cada vez que pasara. Un día, por fin me habló y creí que se acababa el mundo, cinco segundos después que estaba en toda mi capacidad abarcadora del ojo, se aproxima una diosa de pelo negro y piel blanca, una belleza andina, de sonrisa oral - B, lo agarró por detrás como en los videos dulzones de Bon Jovi, - esta es Pato, mi novia-  me dijo con la sonoridad de una matraca...

Pare de sufrir: Sobre celos y boicots

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Esas incontrolables ansias asesinas, ese espíritu de sherlock Holmes que vive en los corazones de todos los humanos, esa inevitable gana de agarrar con ambas manos al implicado, ese vacío, esas ganas de llorar, ese abismo inenarrable, esa violencia que sentimos cuando vamos a perder a quién amamos, ese delirio por descifrar lenguajes crípticos en palabras, gestos, miradas.Esa voluntad de dominar, poseer y consumir. Esos planes de venganza y retaliación, de castigo frente a la subordinación, esa falta de ánimo para otra cosa que no sea saber la verdad, la verdad nada más que la verdad. Ese miedo al abandono, esos celos, los rastreros celos.  Me pregunto si lo que hay en esas almas perturbadas es una dominatrix en potencia que no quiere sino servidores para su pequeño reino o muchachitas heridas, perdidas, azotadas. ¿son los celos una expresión del afán por dominar o son la cara oculta de la fragilidad humana y del amor romántico? He tenido uno que otro novio que me ve...

Pare de Sufrir: Las huidas de las mujeres

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Como nos encanta huir, hacernos las pendejas, decir que nada pasa y que qué maravilla de vida. Pues claro, todo este mundo de los doce pasos y de "usted es el que tiene la culpa" nos dijeron que no, que lo normal es ser feliz. Carajo, uno se puede permitir estar triste, se puede permitir estar frustrado, saber que como dice la canción de cantina "se tiró su matrimonio" o tiene uno deprimente, que los hijos lo desesperan por momentos, que le fastidia el trabajo,  QUE NO ESCRIBE LA TESIS DOCTORAL (Excusas por el grito),  que no encuentra un motivo para andar como un teletubbie entre rainbows, entre ponys rosados. Nosotras que nos queremos tanto somos bien bestias para entender que no es necesario huir, que si somos capaces de encarar a los hijos a las 4:00 a.m para mandarlos al colegio, si podemos hacer diez mil tareas al tiempo y luego hasta tenemos tiempo para el amor, pues ya no es necesario huir.  Ese por supuesto no es mi caso, la que aquí escribe es una ...